Lección 182

Un instante de quietud… eso es todo lo que necesitamos para encontrarnos con la parte de nuestro Ser que se encuentra solitario y olvidado.

Cuando éramos niños, nuestra inocente mirada del mundo fascinaba aún en medio de la extrañeza que de repente interrumpíamos con el estallido de un llanto. Desde ahora reconocíamos que estábamos en un lugar extraño, separado y alejado. Extrañábamos nuestro hogar, ese en el que éramos completamente indefensos pero seguros, pues todo lo que necesitábamos nos lo daba nuestro Padre así que no había tal necesidad y la tristeza no la conocíamos.

Hay una necesidad inminente de regresar a casa y eso es lo que vamos hacer hoy, nos aquietaremos y visitaremos nuestro niño inocente, volveremos a él y él nos recordará su certeza de permanecer con el Padre, dejaremos a un lado todos los juegos que creamos de dolor y guerra y le daremos así al niño, tal cual como lo ve Dios, limpio, feliz y tranquilo, la oportunidad de despejar la ideas de este mundo; entrando al cielo, nuestra única morada real, allí descubriremos que YA LO TENEMOS TODO, no hay nada que buscar afuera. En reconciliación con nuestro niño recibiremos su abrazo y despertaremos a la bendición de habernos encontrado. Nuestro niño abandonado por nuestras mentes temerosas hoy sale feliz a nuestro encuentro y allí yace el recuerdo de la mirada tierna y paciente de nuestro amado Cristo quien ha esperado para presenciar este momento, pues con este acontecimiento cooperamos con su misión de reunir al mundo de nuevo el casa del Padre, allí donde tú y yo y todos nuestros hermanos tenemos una habitación que sólo puede ser ocupada por quien corresponde.

Práctica:

Inicia tu día con la idea de hoy:
“Permaneceré muy quedo por un instante e iré a mi hogar.”

Luego respira profundo y entra en el silencio aquietando tu mente con la firme convicción de encontrarte con tu niño, nada extraordinario has de hacer, sencillamente disponerte al encuentro será suficiente. En ese encuentro recibe el abrazo de bienvenida de tu niño, permite que te invite a su morada y allí disfruta de todo lo que el Padre tiene preparado para ti, experimenta, siente y vive tal momento, no hay reclamos, no hay recuerdos que puedan opacar este instante, sólo la mirada de Cristo que alegremente observa este acontecimiento. Allí permanece hasta cuando lo quieras y permite que esta sensación esté presente en los instantes de tu día en la cotidianidad. Tan solo recuerda que cuando lo desees, podrás regresar.