Cuando leí esta frase por primera vez en la parte teórica de Un Curso de milagros, sin el entrenamiento que ahora tu y yo tenemos, mi ego a través de la razón comenzó a debatir mi creencia instaurada de la frase “el cuerpo es el templo del Espíritu Santo” allí comencé a cuestionarme; quizá como nos podemos estar hoy cuestionando al leer la primera frase de esta idea. “No soy un cuerpo” qué pasa entonces con esa idea de sagrado que le habíamos dado a nuestro cuerpo? Qué pasa con el templo, qué pasa con el habitante del templo? Si no soy un cuerpo por qué vine a encarnar uno? De qué me sirve?
Claramente sabemos que este cuerpo es perecedero, ahora, la libertad realmente se encuentra al deshacernos del cuerpo? Es la muerte la realización de tal fin?
Todo esto rondó en mi cabeza y puede estar rondando en el de alguno de ustedes, más poco a poco logré entender que el Espíritu Santo mora en ese templo porque el es el único testigo apto para reconocer el efecto de nuestra separación con Dios, esa separación que dio origen al cuerpo, y que esa parte del hijo Santo, recuerda la Verdad de la unidad y nos acompaña hasta que la descubramos, que una vez salgamos de esta ilusión de vivir alejados De Dios y de una presencia intermitente, llegaremos al eterno presente donde no hay limitaciones y ni el tiempo ni el espacio existen, producto de esto. Que en esta llegada ya seremos uno, por lo tanto ya el Espíritu Santo que mora en nosotros, estará siendo uno también con Dios. Y eso es libertad, recordar que nuestra mente no es gobernada por el cuerpo y que el amo y señor no es el ego, que nos expandimos en la consciencia de regreso a nuestra casa y allí comprendemos el significado de plenitud. Que la muerte no es el camino para salir de esta ilusión porque la meta acá no es destruir el cuerpo, es reconocerlo con su función limitada y comprender que su valor no está unido a la valía del hijo De Dios, pues Dios es el principio y el fin y así lo son sus hijos, Él no ve razas, nacionalidades ni etiquetas, Él ve lo que apenas tú y yo estamos aprendiendo a ver, el alma y ella no tiene fin.
Práctica:
Entra en tu encuentro Santo en el comienzo del día y al final o más si así lo prefieres, contempla la idea de hoy pensando:
“No soy un cuerpo. Soy libre. Oigo la Voz que Dios me ha dado, y es sólo esa Voz la que mi mente obedece”
Y ve al silencio permitiendo que la voz De Dios te hable, permanece quieto y tranquilo y disfruta de este dulce susurro y observa como tus pensamientos son trasformados y hoy tu visión lo hace también, las ilusiones se desvanecen y te abres a una vivencia en donde comprendes el significado de lo ilimitado y lo eterno entrando al principio de la libertad que ofrece Dios.
Durante el día mantén tu mente conectada a esta idea y está atento al cambio de percepción que está experiencia te brinda.
